Ing. Miguel Bárcena – Proyect Manager Internacional
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Cuando pienso en la central fotovoltaica de Sal, lo primero que me viene a la cabeza no son los cables, los inversores ni los kWh. Pienso en que este proyecto empezó mucho antes de llegar a Cabo Verde: empezó el día que dejé mi casa, mi familia y todo mi entorno para embarcarme en una aventura de la que sabíamos muy poco.
Un salto enorme. Y tuve la suerte de hacerlo acompañado: mi pareja vino conmigo, y sin ese apoyo, sinceramente, no habría llegado hasta aquí.

Antes de llegar a la isla: el verdadero inicio del proyecto
Comencé a trabajar en Impulso Solar para dos proyectos: los campos solares en Sal y São Vicente. Antes de pisar la isla pasé casi seis meses en Mataró trabajando en los diseños, revisando planos, comparando alternativas, buscando proveedores y corrigiendo las infinitas versiones del proyecto. En aquel momento me resultó un proceso largo, pero hoy sé que fue una preparación fundamental.
Llegué a obra con todas las decisiones técnicas claras, desde la sección de cableado hasta el porqué de cada inversor y cada arqueta. Gracias a la intensa preparación previa, ese conocimiento fue clave cuando los imprevistos empezaron a aparecer, y fueron muchos.
Mucho más que ingeniería: adaptarse a Cabo Verde
Llegar a la isla de Sal supuso otro aprendizaje. Tocó adaptarse al país, a la cultura, al ritmo y al idioma. Y también a la vida cotidiana en Cabo Verde: días sin agua, coches que no arrancaban, gasolineras sin gasolina, cajeros sin efectivo y comunicaciones que desaparecían sin previo aviso. Cosas que te descolocan al principio, pero que luego forman parte del día a día. Aun así, guardo un gran recuerdo de aquella etapa.
Bajo la superficie: el verdadero desafío
En diciembre empezó “la obra de verdad”, y con él llegó el primer gran reto técnico: el terreno. Para ejecutar las perforaciones descubrimos una capa de calcarenita extremadamente dura. Lo que sobre el papel parecía simple, en obra se convirtió lucha diaria. La hélice no bajaba, los agujeros se desmoronaban, el material se acumulaba dentro y los postes no entraban. Tuvimos que improvisar soluciones, traer compresores y martillos, e incluso fabricar nuestras propias herramientas para poder ‘descorchar’ el terreno. Pasamos meses así, en un ciclo constante de perforar, limpiar, marcar y hormigonar a mano.

Los desafíos en terreno para instalar una planta solar fotovoltaica en la isla de Sal en Cabo Verde
En esa etapa la paciencia de Emilio y la perseverancia de Vandirlei nos permitieron seguir adelante, pero habría sido imposible avanzar sin el soporte incondicional de Alberto que, desde Nicaragua, fue un mentor y un amigo.
Con el tiempo, la obra cogió ritmo “taca-taca”: estructura-hormigón-módulo, repetir. Al mismo tiempo avanzábamos con zanjas, arquetas, tubos y cables. Aquí se hizo evidente que la ortogonalidad y la simplicidad del diseño habían sido un gran acierto: cuando la ingeniería es clara y replicable, la obra fluye incluso en un entorno tan desafiante.
La construcción de los edificios también fue un proceso lento, con escasos medios y muy poco personal, pero con mucho esfuerzo y voluntad se completaron. Cuando todo empezó a tomar forma llegó la parte más delicada: la media tensión y las comunicaciones. Sal era el proyecto de mayor envergadura que habíamos realizado hasta el momento, y el margen de error aquí era mínimo.
En esta etapa tomamos una decisión clave: coordinar la presencia simultánea de las dos empresas especializadas durante dos semanas antes de la conexión. Nadie me había dicho que coordinar estos apoyos era crítico, pero resultó serlo; se entendieron, trabajaron bien y eso lo dejó todo listo para la conexión a red.
Tras la inauguración oficial, que fue un día muy especial, el siguiente reto fue el commissioning. El contrato definía un esqueleto de pruebas adecuado para entornos europeos, pero no para una isla con una red débil como la de Sal. Una planta fotovoltaica de 6 MW en una red cuyo pico ronda los 15 MW puede llegar a suponer el 30–40% de la generación total. Sin inercia rotante suficiente, una nube puede reducir la potencia entregada de 5 MW a 2 MW en segundos, comprometiendo la estabilidad del sistema. Además, como ironía del destino, justo aquella semana tuvimos días nublados que retrasaron aún más la validación final.

El verdadero impacto de Sal: su huella en mí
A nivel personal fue una etapa muy exigente: estrés, frustración y muchas ganas de cerrar el proyecto para poder avanzar. Finalmente llegamos a buen puerto.
Hoy, un año después, la planta ha generado más de 5 GWh, ha evitado toneladas de CO₂ y aporta energía limpia y económica a la isla. Y lo más importante: este proyecto no ha costado ni un escudo al gobierno de Cabo Verde. La inversión y el riesgo los asumió la propiedad, y para el país ha sido todo ventajas. Es un modelo win-win que ya estamos replicando en otras islas.
Mirando atrás, sé que fue un proyecto duro. Hubo momentos muy complicados, pero también muchos momentos extraordinarios. Aprendí, crecí y salí más fuerte como ingeniero y como persona. Y aunque a veces bromeo diciendo que “me dejaron más tirado que un zapato”, lo digo con cariño: todo lo vivido en Sal forma parte de lo que soy hoy.
No soy más listo que nadie, pero sé trabajar con las personas, crear buen ambiente y empujar cuando hace falta. Y creo sinceramente que lo que viví en Sal no lo aguantaría mucha gente.



Yo sí. Y por eso, Sal siempre será parte de mí.

